miércoles, 12 de octubre de 2011

LOS HOMBRES

Tanto los hombres como las mujeres somos de muy diversas maneras y no es posible, por cuestiones de género, ponernos a todos sin más en el mismo saco. Hay infinidad de matices, pero en general la energía masculina, la que define a los hombres está orientada a la acción. A ellos les cuesta menos poner límites, decidir, concretar y materializar sus sueños. El coraje va unido a su forma de ser. No es que nosotras no podamos tener estas cualidades -todos contamos con energía masculina y femenina y en algunos periodos de nuestra vida predomina más una que otra-, pero la que prevalece en nosotras es distinta, tiende a buscar la unidad con los otros seres, tiene que ver con la intuición, la comprensión, la capacidad de amar, de gestar hijos o ideas… La fuerza de las dos energías es inmensa y cuando se encuentra en equilibrio mueve montañas.

En esta época convulsa que nos está pidiendo a gritos que unamos fuerzas y aprovechemos la oportunidad de reinventar la vida, quiero hablar de la admiración que siento por los hombres y, de forma especial, por los que se encuentran ahora confusos o perdidos.
Cuando un hombre lleva mucho tiempo paralizado, demasiado y deja de proteger a los suyos, lo que le ocurre es que está gravemente herido y desconectado de su esencia. El nudo que lo mantiene atado –aunque él no se de cuenta- es posible que sea heredado y guarde relación con todo el dolor y el desconcierto que no pudo transformar en amor su padre, seguramente porque éste ya heredó un nudo de su abuelo y así, mirando atrás, hasta llegar al primer hombre de la familia que se perdió en el desasosiego y no pudo hacer más de lo que hizo.
Quizá este hombre gravemente herido arrastre, desde hace muchas generaciones, el peso de la soledad que provocan las miradas vacías de cariño y aprobación. Todos necesitamos que se nos valore, pero para los hombres la admiración y la valoración es más que una necesidad, es el motor que los impulsa, que los une a su esencia, que los mueve a dar seguridad a sus seres queridos y crear para la sociedad grandes cosas.

Ahora, que todo está tan revuelto, las mujeres podemos hacer lo que mejor sabemos: demostrar a los hombres que no están solos y nutrirlos con amor. Porque en nosotras crece la vida y el don de sostener siempre con miradas de cariño a nuestros hijos. Estos hijos que se harán hombres y buscarán las miradas de aprobación en las mujeres que amen a lo largo de su vida.

El mejor bálsamo para curar las heridas de un hombre es creer en él. Las palabras pueden ser huecas pero las miradas hablan por sí solas y no mienten.

Cada niño que percibe que sus padres le valoran, que respetan su energía y le quieren tal como es, se convierte en una bendición para nuestras hijas. Cada hombre que intuye en la mirada amorosa de su compañera aprobación, es una bendición para todas las mujeres. Cada alma que puede expresar con amor su esencia y se siente comprendida es una bendición para todos.

Solo uniendo nuestras fuerzas con cariño, respeto y admiración podremos sostener la incertidumbre de la vida.

domingo, 25 de septiembre de 2011

EMOCIONES REVUELTAS

El día de la Mercè, que es mi santo, conlleva para mí muchas emociones. En mi alma tengo guardados todos los 24 de septiembre que pasé hasta que vivió mi madre. Ella, como mi abuela materna, también se llamaba Mercè y en casa ese día siempre fue fiesta grande. En la cocina de mi infancia, dos días antes, empezaban los preparativos que culminaban en un festín que reunía a toda la familia. Mi madre y mi abuela, que vivió toda la vida con nosotros, tenían un gran poder de convocatoria. Siempre me he sentido agradecida de compartir nombre con ellas. Y ayer, claro, las eché de menos. Comimos en casa Lluís, mi padre, nuestro hijo Jaume y Alba, su novia, y me arroparon con sus llamadas mis hermanos, mis tías vivas, mis primos y muchos amigos. A todos les agradezco su cariño que hizo más llevadera la nostalgia. Pero ayer cociné de memoria, estuve sin estar. Al caer la tarde me recluí en la lectura hasta la madrugada, como suelo hacer cuando el presente me hiere: me atrinchero en las páginas de un libro para estar ausente. En estos casos no leo por placer, sino para evadirme. Es una de mis excusas preferidas para dar esquinazo a la nostalgia. Misión imposible, debería saberlo de sobra, porque cuando intenté, agotada, cerrar los ojos, se agolparon pidiendo audiencia todas las emocionas aplazadas. Con cada una de ellas he tenido que ir negociando hasta que, ¡por fin! El sueño ha vencido.

Al levantarme, seguía el desasosiego. No me quedaba otra que seguir escuchando a mi corazón. Me he puesto a meditar, que es lo que suelo hacer cuando necesito un armisticio. Me siento en un lugar tranquilo de casa y me rindo. El barullo de mi mente campa entonces a sus anchas hasta que, al no encontrar resistencia, se cansa. Entonces, poco a poco se intuye muy a lo lejos la calma. Me he levantado de la meditación y he ido directa a un librito que me recomendó un terapeuta: “La Danza de Vida de las Letras Hebráicas. He elegido una letra al azar: Samekh, el escudo de luz.

“Samekh, -dice el librito-, representa al Amor que no pide nada, que nos ofrece sencillamente su apoyo sin pedirnos nada a cambio. Esta Letra solar, redonda, es un refugio, un santuario de Paz, un nido de ternura donde el pájaro herido puede descansar y renovar sus fuerzas. Cuando aparece Samekh, la vida nos propone abandonarnos a la Gracia divina, confiar y dejar cualquier inquietud; esto no significa que no debamos actuar, sino que debemos tener conciencia de que la Luz nos sostiene y nos acompaña en nuestras acciones”. Dios mío, es lo que necesitaba oír últimamente mi corazón!, Qué puedo descansar, abandonar temores y dudas, mientras el amor, mucho más fuerte que el miedo, me sostiene sin juzgar, sin pedirme nada a cambio, ni siquiera el esfuerzo de avanzar.

domingo, 11 de septiembre de 2011

LA BENDICIÓN DEL SILENCIO

Cuando la vida nos pone en apuros, entre otras muchas cosas, nos está pidiendo que nos prestemos atención. Para salir de una crisis profunda es necesario emprender un viaje cuyo destino es un cambio de conciencia, por eso se dice que los conflictos grandes suelen ser también grandes oportunidades. El viaje es solitario, aunque contemos con mucha ayuda. Nos enfrentamos a nosotros mismos. Todos llevamos a cuestas miedo, rabia, humillaciones y vergüenza. Todos. Y en diversos momentos de la vida toca poner orden y hablarnos sin palabras a nosotros mismos con franqueza. Para eso es imprescindible parar y alejarnos de las distracciones. Cuando yo intento hacerlo, mi mente se desborda. Necesito mucho amor y mano izquierda para conmigo misma para, poco a poco, ir dejando salir los pensamientos horrorosos que me asaltan. No soy el miedo, ni el dolor, ni la angustia, ni el fracaso, ni la rabia, aunque estos sentimientos forman parte de mí. Puedo sentirlos, revivirlos prestarles atención y, con mucho mimo, mecerlos hasta dejarlos tranquilos, como bebés dormidos, en mi corazón. Entonces la mente aliviada descansa, se siente comprendida y me permite acercarme a todo lo bueno que hay en mi vida. Yo no soy el ruido ensordecedor que encierra el silencio cuando estoy callada. Eso lo sé, he podido comprobarlo. También sé que cuando mi intención es amorosa y no me refugio en la pena, o en la culpa ni me juzgo, se enciende en mi interior una luz que me guía. Florece la sabiduría, el sentido común, la armonía y lo que ayer era un muro infranqueable lo paso con un saltito que puede dar hasta un niño. Antes de arrojar la toalla hay que recurrir siempre al silencio. Él es el guardian de las puertas del alma.

domingo, 4 de septiembre de 2011

LAS COSAS NO SON COMO PARECEN

He ido constatando que lo que en principio me parece una situación difícil, incluso inaguantable, con el tiempo ha resultado lo mejor para mi. Y no lo digo porqué sí, sino porque lo que ha venido después así lo corrobora. Como decimos en mi país: “de la misa solo sabemos la mitad.

Aunque nos imaginemos el futuro de mil lúgubres maneras, lo cierto es que nadie sabe los cambios y giros que nos depara la vida, ni a nosotros, ni a los que están a nuestro alrededor. Voy a poner un ejemplo tonto –que no lo es tanto-: Si estás en el departamento de una empresa –suponiendo que tengas trabajo, que hoy en día ya es casi un lujo- y pides un cambio porque te llevas fatal con tu jefe y te lo deniegan, es muy probable que pienses que tienes muy mala suerte, pero tal vez, como le ocurrió a una persona que conozco, esta negativa se convierta al cabo de unos meses en una bendición porque, por ‘casualidades’ de la vida, al jefe que le hacía la vida imposible lo trasladaron justo al departamento que él había solicitado y que consideraba su salvación.

Cuando somos jóvenes en el lienzo que es nuestra vida el dibujo representado es muy incompleto. Con los años el dibujo va adquiriendo forma y es más fácil comprender el por qué de algunas líneas a las que antes no les encontrábamos sentido.

Es bueno, cuando uno está atrapado en un duelo severo o una depresión, agarrarse a la certeza de que lo que hoy es una nube espesa, sin resquicios, dentro de un tiempo puede convertirse en un cielo despejado. Aunque ahora creamos firmemente que el conflicto que estamos viviendo es demasiado para nosotros, las cosas no son como parecen. Yo tengo fe en que el plan universal es perfecto, aunque a veces me desespere porque me faltan datos.

lunes, 29 de agosto de 2011

TALLERES SOBRE LA MUERTE Y EL DUELO

En el Centre Itaca, dirigido por Mercè Perarnau, organizan unas Jornadas de Puertas Abiertas, el próximo 17 de septiembre, en las que yo participo para informar acerca de los talleres sobre el duelo y la muerte que imparto.

JORNADA DE PORTES OBER­TES:17 de Septembre

10,00-11,00 Ioga per nens

11,30-13,00 Creixement personal

13,00-14,00 Grup d’homes

16,00-17,00 Reiki

17,30-18,30 Constel.lacions fami­liars

19,00-20.00 La mort i el dol

20,30-21,30 Dansa-meditació

Centre Itaca:


C/Pau Claris, 151
3r-1a esquerra

Tel. 607.55.44.96 / 652.27.13.70


itacainfo@yahoo.es

Web del centre

domingo, 21 de agosto de 2011

YO ME OCUPO DEL PRESENTE, DEL FUTURO QUE SE OCUPE DIÓS

Todos tenemos días malos por mil razones. La mayoría de las veces las preocupaciones que nos envuelven en ese nubarrón denso que nos tensa la espalda, nos deja sin energía o nos produce migraña, por decir algo, poco o nada tiene que ver con nosotros. Me refiero a que a menudo nos preocupamos por cosas que no están en nuestras manos resolver, problemas que en su origen no son nuestros y, al empeñarnos en quererlos solucionar, acaban creando ese nubarrón, esa fricción que nos deja agotados. Eso a mi suele sucederme a menudo y llevo tiempo intentando desactivar ese interruptor de alarma que generalmente se enciende cuando alguien de mi familia pasa apuros. Con facilidad me olvido que cada cual tiene que aprender sus lecciones, que en las cuestiones de la vida nadie puede examinarse por otro, que hacerse cargo del aprendizaje de los demás es un error que impide al ayudado y al que supuestamente ayuda crecer. Con eso no quiero decir que haya que quedarse con las manos cruzadas ante el sufrimiento de los demás. No. Me refiero a no hacer nuestros sus agobios. A saber distinguir qué ayuda y qué ahoga. Hasta qué momento es bueno colaborar y cuándo es mejor retirarse. En el fondo, toda lección que ha de aprender alguien cercano encierra también una lección para nosotros.

Ante los conflictos que atañen a la constelación familiar tengo comprobado que lo mejor es coger distancia emocional para que el torbellino de energías subterráneas no me arrastre. Cuando se enciende el interruptor de alarma, antes de actuar por impulso, sin consciencia, movidos por los mecanismos que adquirimos de pequeños, conviene contar hasta diez, incluso hasta mil si es necesario y, mientras tanto, ir distrayendo la mente. A mi me funciona como terapia de choque algo tan tonto como puede ser ponerme a limpiar, pasar la fregona hasta dejar el suelo reluciente, por poner un ejemplo, mientras voy pidiendo luz y claridad. “Yo me ocupo del presente, del futuro que se ocupe Diós” decía la madre de Facundo Cabral.

jueves, 11 de agosto de 2011

LA FUERZA DEL AMOR

Estoy en la isla, Menorca, mi isla que me acoge como una madre, en silencio. Con calma escucha mis reproches sin decir nada. Me mira con el azul intenso y brillante de su cielo, me mece con la tramontana hasta que el viento limpia mi alma y el cansancio va remitiendo.

Hoy hace 11 años que murió mi mamá, de repente, mientras yo andaba en Cabo Verde intentando despistar la pena por la muerte de mi hijo.

Hace un ratito que he llamado a mi padre. Lo llamo a diario al anochecer pero hoy necesitaba oír su voz antes del mediodía. Ha ido a la catedral temprano como cada 11 de agosto desde que ella no está. Siento el amor sin fisuras de mi madre y una paz dulce me inunda el corazón. Aquí, debajo de la morera de mi casa siento el cariño de mi madre y le agradezco infinitamente su amor.

Ahora mismo acaba de llamarme mi hermana: “tengo un día flojito, -me ha dicho-parece que en vez de 11 años hayan pasado 11 días desde la muerte de mamá”. Eso es lo que tienen los aniversarios: achican el tiempo.

Yo sé que Ignasi, allá donde está anda muy ocupado pero tengo la certeza que hoy lleva de la mano a mi mamá. Hoy todos sentimos lo que sentimos, los de aquí y los de allá. El cariño va más allá de las grandes distancias, de la vida y la muerte, no hay dimensiones ni muros que se le resistan.