El motivo de este blog es tener la oportunidad de poder servir de ayuda a las personas que estén pasando por la situación que pase yo hace diez años, cuando murió mi hijo mayor, Ignacio, de 15 años. Ante una experiencia como esta, creo, sólo hay dos opciones; quedar para siempre anclado en el dolor o decidir atravesarlo con la esperanza de renacer con el corazón lleno de amor. No soy psicóloga pero sé que puedo ser de utilidad a las personas que opten por la segunda opción.
Hace tres días que mi madrina, muy querida por mí, ha muerto después de una larga enfermedad, que le ha causado sufrimiento y la ha tenido hospitalizada durante largos periodos de tiempo.
Su muerte, después de tanto sufrir, es para ella una liberación y también lo es para las personas que la queríamos. Sus hijos y su sobrina la han acompañado a diario y amorosamente durante la larga travesía de su enfermedad y seguro que están agotados, tristes y también en paz por todo lo que han hecho por ella. Su muerte no es desgarradora como la muerte de un hijo, pero como todas las muertes sentidas deja un enorme vacio. Para mí mi madrina ha sido un referente. Ha estado presente em mi vida en momentos cruciales; cuando ella todavía era una estudiante de enfermería asistió en casa a mi madre el día en que nací -fue la primera persona que me cogió en brazos-; durante mi adolescencia me sentí reconfortada por ella y la noche en que desconectaron a mi hijo Ignasi, en el hospital de Bellvitge, estuvo conmigo, aguantando mi dolor.
Ahora, tras su muerte, como sucede siempre que atravesamos un duelo, nos toca a los que nos quedamos aprender a llenar ese vacío, a relacionarnos con el ser que se ha ido de manera distinta, pero igualmente amorosa. Para eso es preciso que, poco a poco, lo empecemos a sentir en nuestro corazón. Eso no sucede porque sí, requiere siempre una transformación que nace de un trabajo interior. Nada es igual que antes cuando muere un ser querido. El camino que llevamos hecho con otros duelos nos sirve, en parte, si hemos podido transmutar las ausencias en amor, con ese amor en mayúsculas, el que nos permite amarnos un poco más a nosotros y a la vida… Pero el camino del nuevo duelo lo hemos de recorrer también en solitario, es distinto a los anteriores y por tanto desconocido. A medida que dejamos fluir las emociones que afloran y descubrimos en nosotros dependencias y antiguos dolores ocultos, sin rechazarlos ni esconderlos, el duelo se transforma en otra gran oportunidad de amar la vida.
Al principio, el desconsuelo de no verles es grande y su ausencia provoca una tristeza enorme. Es normal, pero con el tiempo, si mantenemos nuestros corazones abiertos al amor, es posible establecer una nueva relación con ellos y aunque parezca mentira, no es peor, solo es distinta y absolutamente reconfortante. Eso lo sabemos todos los que hemos perdido a alguien muy querido. Porque el velo que separa a los de aquí y a los del otro lado es ténue, muy ténue. En una entrevista a Vicente Ferrer le oí decir que la muerte como final del ser no existe, siempre somos, simplemente estamos a un lado o a otro de lo que denominamos realidad. Y eso, los que lo sentimos así, está bien que lo digamos porque ayuda a desvanecer muchos miedos a los que están pasando por el principio del duelo y, en definitiva, nos va bien a todos para encarar la vida y la muerte de otro modo más natural, menos dramático.
¿Cómo es esta comunicación? Puede ser de mil maneras. En mi caso algunas veces se produce en sueños. En algunos de estos “sueños” he podido abrazar a mi hijo y sentir una intensidad de amor tan fuerte, que en nada se diferencia a los abrazos “reales”. Pero no siempre que sueño con él es lo mismo. Algunas veces el inconsciente utiliza su imagen para mostrarme algunos miedos, algunas emociones no resueltas, algo que me preocupa.... Esos sueños son distintos, aunque salga Ignasi.
Sean del tipo que sean, los sueños siempre son de gran ayuda; nos acercan a nuestros anhelos más auténticos, nos hablan de nuestras alegrías y temores más profundos, de nuestras emociones menos conscientes… Siempre son portadores de mensajes, bien de nuestros guías o maestros, bien de nuestro inconsciente. De noche, durmiendo, es posible sanar muchas cosas.
Pero no sólo en sueños hablo con mi hijo, también lo noto a veces, de forma imprevista en cualquier momento del día. Recuerdo estar cocinando y notar de repente ese amor profundo e indescriptible que te envuelve, esa certeza de que él está allí conmigo. En esos momentos no existe nada que se parezca al temor, al contrario, son momentos de una paz, de una alegría serena inmensa. Cuando se desvanece esa sensación, en mi corazón queda una gratitud infinita. Pero no siempre estos encuentros son tan trascendentes. En la mayoría de ocasiones soy yo la que inicia una conversación como cualquiera de las que teníamos antes. Nunca le reprocho que se haya ido, para qué sí se que todos tenemos un tiempo limitado aquí y él no puede volver aunque se lo pidiese. Al menos no puede volver como antes. Además no tiene sentido cambiar lo que és; él está en sus cosas y yo en las mías, pero nuestros lazos de amor se mantienen firmes. Mi hijo me reconforta ahora como me reconfortaba antes y así eternamente porque el amor y la energía nunca mueren, solo se transforman.
El día 4 de este mes de junio estará en las librerías “Volver a Vivir”, el diario completo que escribí durante el primer año de la muerte de mi hijo. Agradezco de todo corazón a los editores de RBA, Oriol Castanys y Clara Sabria que este manuscrito –que incluye también el diario de Ignasi- haya podido ver la luz en forma de libro.
A las pocas semanas de morir Ignasi me llamó una buena amiga y me dijo: “tienes que escribir Mercè, escribe todo lo que sientes, escribir te ayudará”. Yo no podía con mi alma. No sé con que fuerzas me levantaba de la cama para despertar a mi hijo Jaume pero lo hacía, aunque la poca energía que tenía se desvanecía cuando él cerraba la puerta para ir al colegio. Cuando Jaume no estaba, yo me perdía en ese tiempo sin tiempo que envuelve las grandes penas y sólo podía deambular por la casa, sin poder coger un libro ni mirar siquiera por la ventana. Hasta que un día, meses después, empecé el diario que ahora sale publicado. Recoge lo que viví y sentí durante el primer año de duelo, algunos de cuyas páginas han salido publicados ya en este blog.
De la muerte se habla poco y de la muerte de un hijo mucho menos, pero los padres y las madres que hemos pasado por el horror de ver morir a un hijo necesitamos, desesperadamente, expresar nuestros sentimientos. Es, creo, una necesidad vital que nos aleja de la locura y nos ayuda a encontrar, de nuevo, sentido a la vida. Porque, aunque parezca mentira, es posible renacer después de un golpe así. Hace ya más de 10 años que Ignasi murió y la buena noticia que quiero compartir es que un hijo nunca muere y eso los saben todos los hombres y mujeres que mantienen en sus corazones el amor de sus hijos muertos. El amor es lo que nos permite volver a la vida. Después de naufragar de noche en un mar embrabecido y atravesar una de las peores tormentas, al llegar a tierra todo es más bonito. Es más fácil ver la belleza, donde antes apenas veíamos nada, agradecer la calidez del sol, el frescor de la lluvia, la dulzuna de la brisa… Sí, al llegar a tierra la vida es más bónita porque sabemos que la muerte es tan sólo un nuevo principio.
Mi hijo se fue pronto, pero durante el último mes antes de irse dejó por escrito un testimonio de vida, un tesoro, que da sentido a “Volver a Vivir”. No importa lo corta que sea una vida, lo que importa es vivirla.
Ojalá que el consuelo que me ha producido a mí escribir, sirva también para acompañar con dulzura a otros padres durante sus primeros tiempos de duelo.
En todas las situaciones límites y la muerte de un hijo lo es, es normal que aparezca el miedo. Miedo a no tener fuerzas para seguir, a que la familia se desmorone, a ver sufrir a nuestros otros hijos, a que muera otro de nuestros seres queridos… Miedo, en definitiva, al dolor del alma. Ese miedo crece y agrava el dolor y cuanto más dolor más miedo. Hay que salir de esa espiral, ¿pero cómo? La única salida del dolor es atravesarlo; estar dispuestos a sentirlo, sin resistencias, ni juicios y después dejarlo ir. Va bien hablar con un amigo o un terapeuta o cualquier persona que nos inspire confianza para explicarle lo que sentimos. Sentirse escuchado alivia el dolor. Llorar, gritar, también son un buen recurso sobre todo cuando nos invade la rabía. Cuando a mi me sucedía, cogía un palo de madera y golpeaba el colchón de mi cama hasta que me quedaba sin fuerzas. En momentos en que el miedo se convierte en ansiedad y angustia, las respiraciones lentas y profundas, la meditación o las oraciones también nos ayudan a calmarnos. Yo al principio me enfadé muchísimo con Dios, con los de “arriba”, me encaraba con ellos y les gritaba enfurecida que qué se habían creído, que aquello era demasiado para mí, que no podría soportarlo… Pero con el tiempo me he dado cuenta que todos somos más fuertes de lo que nos imaginamos y que seguramente es cierto que no nos dan más de lo que podemos soportar, aunque nos parezca mentira. Al final del túnel nos espera siempre el amor y entonces nos invade la gratitud por el tiempo, sea mucho o poco, que hemos podido vivir junto a nuestros hijos muertos.
Mis hijos se llevaban 21 meses, Igansi era el mayor y al morir, Jaume se quedó sólo muy solo. Perdió su referente, el guía que había tenido desde que nació. En casa éramos Lluís y yo y los niños, formaban casi una unidad, se entendían bien, cuando se peleaban lo hacían como cachorros, nunca con malicia y de repente, cuando a Jaume le faltaban 3 meses para cumplir 14 años, la vida se le partió en dos.
Hay que ir con cuidado con los niños, porque tienen la habilidad de recubrir el dolor con una capa de naturalidad que pude hacernos pensar que su sufrimiento es menor que el nuestro, cuando en realidad su herida es tan profunda, tan honda que puede acompañarles con amargura toda su vida. Las heridas del alma sólo se curan con amor, hablando del hermano muerto con ternura pero sin magnificarlo, explicándoles que la muerte como final no existe y que pueden contar con él o ella, aunque de otra manera. Las familias que hacen el vacío a sus muertos, creyendo que es mejor, que así evitan recuerdos dolorosos, corren el riesgo de convertirse en familias enfermas. Hay que dejar espacio a los que no están porque, por derecho propio, forman parte de nosotros.
Al principio es verdad que los recuerdos duelen, porque la muerte de un hijo o un hermano duele, es así, duele y todos los que pasamos por eso sabemos cuánto, pero cuando la dulzura vuelve a nuestros corazones, el amor envuelve los recuerdos y, en el día a día, no hay diferencia entre vivos y muertos, sólo cariño.
En los momentos de felicidad y en los de apuro, Jaume, como todos en casa, recurre a Ignasi. Cuenta con su hermano cuando gana el Barça y el día de Sant Jordi llega a casa con dos rosas; la que me regala él y la que traería Ignasi.
Acostumbramos a asociar la creatividad con la pintura, la literatura, la escultura o cualquier otra manifestación de lo que denominamos arte. Pero en realidad la creatividad se encuentra en la esencia de todo. No hay ninguna acción ni pensamiento, que encierren amor, que no sean creativos, en el sentido más amplio, bonito y positivo. Por eso todos podemos ser creativos. Una tortilla de patatas hecha con amor puede ser una obra de arte, lo mismo que hacer un precioso ramo de flores con la intención de alegrar la casa.
Son muchas las cosas que solemos hacer por inercia o por obligación y esas cansan, pero si las mismas cosas las hacemos con ilusión, con cariño, en vez de quitarnos nos dan energía. Precisamente durante el duelo, como el dolor desgasta tanto, hemos de estar muy atentos a eso. Hemos de procurar hacer algo creativo cada día, por pequeñito o insignificante que sea. Por ejemplo, ofrecer algo tan sencillo como una sonrisa o una mirada cariñosa, crea en la persona que la da y en la que la recibe una agradable sensación de bienestar, por muy efímera que sea. Hay que buscar eso, sumar destellos de amor que alimenten poco a poco el alma.
Todos tenemos algún don, algo que hacemos bien y podemos ofrecer a los demás y, precisamente, dar es la otra llave que abre nuestro corazón. Es normal que al principio del duelo nos encerremos porque el dolor es tan intenso que instintivamente nos replegamos. El mundo nos es ajeno y nos hiere, porque nos hemos quedado en carne viva. El bálsamo vuelve a ser el amor, mimarnos a nosotros mismos como mimaríamos a nuestros hijos. Ellos nos aman incondicionalmente y, tanto los vivos como los muertos, quieren lo mejor para nosotros. Recibir con gratitud y dar con amor, esa es la salida que nos conduce a la salvación.
No tenemos que ser buenos porque nos lo exijan las religiones, ni los Estados, ni las normas sociales. Hemos de cultivar la bondad porque sabemos que todos somos uno, que lo que damos lo recibimos, que la felicidad de los demás es también la nuestra, que crear armonia nos da paz. Querer lo mejor para los demás es lo mismo que querer lo mejor para nosotros.
Aunque parezca mentira es así. Aunque al principio de la muerte de un hijo todo se apaga y quedamos vacíos, muertos en vida, al final del duelo nos espera la luz, aunque ahora nos invada la más espesa de las oscuridades. Lo único que tenemos que hacer –y es mucho y difícil- es atrevesar la negrura agarrados de la mano del amor, como ciegos guiados por un perro lazarillo. ¿Y cómo conseguir eso, cuando reina la incertidumbre, el miedo y el dolor? Con nuestra actitud. La predisposición a ver el lado bueno de las cosas, por insignificante que sea, es vital. Eso no se consigue todos los días, pero conviene que se convierta en la brújula que marque nuestro rumbo.
Cuando yo estaba sola en casa, lloraba con ganas toda la amargura, luego me lavaba la cara y me iba con mi mejor sonrisa a animar a mi hijo Jaume cuando jugaba un partido de fútbol o preparaba el plato preferido de Lluís, mi marido o de camino al trabajo compraba una maceta de margaritas para mi amiga Carmen. La cuestión es vivir el dolor, pero no quedarse en él. A nuestros hijos muertos y a nosotros mismos nos debemos hacer algo bonito con todo ese sufrimiento. No importa qué, siempre que se haga con amor. Todos los que pasamos por una situación límite, como puede ser la muerte de un ser muy querido o cualquier otra situación difícil como una enfermedad realmente grave, sabemos que lo único importante es el amor; el que damos y el que recibimos, no hay otra moneda de cambio cuando la vida nos pone ante el abismo. Da igual la riqueza, la posición social, el éxito… todo eso no sirve para curar el alma. El alma sólo se cura si nos desprendemos de la culpa, de los celos, del rencor, del odio, de la frustración, de todo lo que pesa y oprime el corazón. Y eso requiere trabajar con uno mismo, mirar de cara a los propios fantasmas y llamarlos a cada uno por su nombre.Somos lo que somos, ni más ni menos.
Con el tiempo, es posible encontrar sentido incluso a la muerte de un hijo. Si no hubiese vivido ese dolor tan tremendo seguramente yo seguiría aferrada al orgullo, pasando por la vida de puntillas, muerta de miedo, intentando controlar lo incontrolable. Ahora sé que cualquier muerte sentida es una lección de humildad. Una oportunidad de desprenderse de las máscaras que nos impiden conectar con la verdadera alegría, la alegría que nace de dentro por el simple hecho de estar vivos, de compartir, de querer sin condiciones, de aceptar.
Cada uno tiene su camino de aprendizaje y no es posible escoger. No valen los atajos. Nuestra travesía es la que es, está hecha a medida. No podemos cambiar lo que nos sucede, pero sí podemos elegir cómo vivirlo. No vale echar las culpas a lo que pasó, a lo que nos hicieron. Lo que importa es qué hacemos nosotros con todo eso. En qué nos convertimos.
Cuando cierre los ojos por última vez a mi me gustaría recordar a cada una de las personas que he conocido con afecto, no me gustaría quedarme con muchos te quiero sin pronunciar, con un saco repleto de ganas de ayudar a los otros sin abrir, con otro cargado de agradecimientos sin apenas estrenar…