viernes, 24 de junio de 2011

LAS PALABRAS QUE CURAN

Después de noches de emociones y bullicio, como la de San Juan o la de Fin de Año, la ciudad despierta somnolienta, con hambre de silencio. Yo no he salido a la calle en todo el día; por la mañana, sin prisas, he estado poniendo orden en casa para serenar mi alma. Por la tarde, tumbada en el sofá, he estado ojeando el libro “Las palabras que curan”, de Alex Rovira, en el que ha reunido un compendio de frases, de pensamientos de personas sabias. Todas encierran reflexiones lúcidas, son como velitas.

Destaco aquí dos de Teresa de Calcuta:

- “En el momento de la muerte, no se nos juzgará por la cantidad de trabajo que hayamos hecho, sino por el peso de amor que hayamos puesto en nuestro trabajo”.

-“Si juzgas a la gente, no tienes tiempo de amarla”.

¡Cuánta fuerza malgastamos en juzgar a los demás y no digamos la que desaprovechamos juzgándonos a nosotros mismos. Y cuanto tiempo perdemos en hacer mil y una cosa sin cariño! Hacer por hacer, sin amor, no nos lleva a ningún lado.

También me ha llegado al corazón esta reflexión de Hermann Hesse:

“Yo me siento con frecuencia cansado y sin fe ni valor, pero creo que estos estados no deben combatirse propiamente, sino que es preciso abandonarse a ellos, llorar alguna vez, o ensimismarse sin pensar en nada, y luego se advierte que entretanto el alma ha seguido viviendo… y ha avanzado”.

¡Qué poco nos permitimos sentir algunas personas lo que sentimos! ¡Que bueno es quedarse sin hacer nada, escuchándonos sin reproches!

¡Cuántas veces nos pide el alma que nos quedemos quietos y en silencio para poder prestar atención a la tristeza en vez de ahogarla!

jueves, 23 de junio de 2011

EN ESTA NOCHE MÁGICA

En esta noche larga de emoción y promesas, quiero abrir las puertas de mi alma y echar al fuego mis miedos; los recientes y los que me acompañan desde niña. Quiero quedarme solo con el amor para sentirme ligera. Así, sin ataduras, con la levedad del pensamiento, quiero sentir con dulzura el abrazo de mis seres queridos vivos y muertos. En esta noche de San Juan quiero ser una con ellos.

miércoles, 15 de junio de 2011

NOSTALGIA A LAS PUERTAS DEL VERANO

Después de muchos días de lluvia y niebla el aire cálido que recorre hoy mi ciudad anuncia el verano. ¿Por qué será que los cambios de estación me envuelven en la nostalgia? Desde que tengo uso de razón, junio ha sido para mí un mes especial: nací el 27 de este mes y 26 años después nació mi primer hijo, Ignasi, un 8 de junio. No es un mes cualquiera para mí, no. Quizá por eso la nostalgia me visita esta tarde, aunque yo disimulo y me resisto a recordar la alegría que he vivido los 8 de junio antes de que Ignasi se fuera. Supongo que me resisto para no hacer más grande el vacío de los 8 de junio que han venido después. Un vacío lleno de ambivalencia; de gratitud y amor por haberle parido y de profunda tristeza por no abrazarle, por no ver a ese hijo que este año cumpliría 28.

A veces, mi vida de antes y la de ahora me parecen un sueño… del que despertaré en algún momento. Como si no fuera en realidad yo la que ha recorrido el camino hasta los 54 años que voy a cumplir. De hecho, desde que murió Ignasi todo me parece posible y ya no existe para mí una sola realidad, ni un mundo de vivos y otro de muertos separados; tengo la íntima certeza que lo que llamamos vida va mucho más allá de la muerte. Y cuando me visita la nostalgia, como hoy, aunque pretendo ignorarla, me siento mejor escuchándola porque me abre las puertas del alma, de esa parte de mí que sabe que todo es posible, que la vida es un sueño, que la muerte no existe, que mis hijos son un regalo de amor eterno. Qué da igual que a uno lo vea y al otro no, que, para estar unidos, con el cariño basta. La nostalgia viene para recordarme todo eso que mi alma sabe y esa que creo que soy yo censura. No voy a hacerle caso a la mente, la intuición es más dulce y certera. Y no quiero, no estoy dispuesta a que pese más el dolor vivido que la ilusión por lo bueno que ha de venir. Como he leído en el libro los "Enamoramientos" de Javier Marías: ... "Lo malo de las desgracias muy grandes, de las que nos parten en dos y parece que no van a poder soportarse, es que quien las padece cree, o casi exige, que con ellas se acabe el mundo, y sin embargo el mundo no hace caso y prosigue...". Y tira de nosotros y trae cosas buenas que podemos hacer grandes si nos damos permiso.

domingo, 12 de junio de 2011

PARA NATI

Pedro Alcala en su blog, La mujer que me escucha, ha escrito una reflexión relacionada con la pregunta que Nati, la madre de Carlos, dejó aquí hace unos días en el post "El amor lo puede todo". La pregunta hace referencia a si es posible que nuestros hijos nos vean. La respuesta de Pedro la transcribo aquí y os invito a visitar su blog:

Pérdida, ausencia, se fue, nos dejó, nos lo quitaron...eufemismos de una realidad dura y seca; difícil de aceptar, de afrontar sin edulcorar: la muerte.

Hablo de mí y de los míos. Antes de la muerte de Diego, vivíamos de espaldas a la más implacable de las realidades: que nuestra vida puede cambiar de forma irreversible en unas décimas de segundo y perder lo que más amamos. No estábamos preparados para ello. A veces pienso que ha sido debido a la falta de una creencia religiosa sólida, en la que encontrar respuestas y en la que refugiarnos, por lo que nos ha resultado tan duro este trance. Y no quiero decir con ello que para quienes profesen alguna fe el transito por el dolor sea más llevadero, no lo creo en absoluto, pienso que perder a quienes amamos es desolador en cualquier circunstancia. Pero, en mi caso, precisamente no haber podido contar con ese inapreciable asidero, es la razón que me hace valorarlo tanto; lo considero un hermoso tesoro para quienes lo tengan. ¡Lo he echado tanto a faltar en tantos momentos! Por ello busqué y exploré en mi interior con todos los recursos espirituales de que disponía, pero no lo encontré.

Y hoy me alegro de que así fuera: de haber avanzado de este modo, a secas, sin más sostén que el amor a los míos y a la vida, a la fuerza de la determinación que me da el compromiso inicial con mi Diego ausente. Hoy tengo el pálpito de que también se puede superar la muerte de un hijo sin más fe que en tu derecho a reconstruirte y vivir.

Desde esta base, en apariencia árida y desoladora; "desangelada" y sin esperanza, he partido para reconfigurar mi nueva normalidad. Y puedo afirmar que no tengo ninguna sensación de abandono. Diego me acompaña. Me intuyo en el buen camino para conseguirlo: aceptar y afrontar el dolor.

Y no me siento abandonado porque mentiría si afirmo que mi proceso ha evolucionado por completo de este modo; que he trabajado mi duelo desde la más absoluta desesperanza respecto al destino de Diego tras su muerte. Es cierto y me ratifico en mi falta de creencias convencionales. De que ha predominado mi perfil más racional sobre cualquier otro durante gran parte de mi proceso de duelo. Pero aún así, al igual que tantos dolientes con los que he tenido la oportunidad de intercambiar experiencias en persona, yo también he vivido algún que otro hecho sorprendente que ha mantenido viva la esperanza en mi corazón; la esperanza de que Diego se encuentra bien y en un lugar mejor. Hechos tangibles, irrefutables, físicos, sujetos por supuesto a interpretación, pero inexplicables mediante la razón. Sucesos que ponen más en duda el arbitrio del azar, por improbables, que la audaz creencia en un más allá. Episodios a los que dediqué un capítulo, Las señales, en La mujer que me escucha. Hace unos días, en el blog de Mercè Castro, Cómo afrontar la muerte de un hijo, Nati, una lectora, valiente, lanzaba nuestra gran pregunta al mundo: (…) “Mi gran pregunta es: ¿Tú, Carlos, me puedes ver? Todo en mí ronda sobre esta pregunta, y en qué puedo hacer yo para hallar la respuesta. Me gustaría que alguien me contara si ha tenido algún encuentro con un ser querido fallecido”. De esto hace ya dos semanas y nadie le hemos dado una sola respuesta. Yo quise y no supe, ni sé qué decir. Y es que creo que la única respuesta válida es propia y personal, que nace, si es que así se desea, de nuestro interior. De poco sirve lo que otros nos cuenten.

No obstante, por si a alguién le sirviera, os cuento (aunque de esto no se habla) uno de los sucesos que sustentan mi esperanza.

Mi relación con Diego y el estudio del idioma inglés era estrecha y muy especial. Pasé en poco tiempo de ayudarle en sus estudios a que él fuera, a sus diez años, quién me tomara la lección y corrigiera. El mismo día de la muerte de Diego, al regresar desolado del hospital, entré en su habitación y me planté en el centro aturdido y absorto mientras la recorría con la mirada, sin tocar nada. Era un acto íntimo, por ello me salí al entrar Teresa. Oí un golpe seco y, al rato, salió Teresa y me contó conmocionada que el diccionario de inglés se había caído solo de la estantería, sin que ella lo hubiera tocado. He estudiado después innumerables veces la posibilidad de vuelco de aquel diccionario que sobresalía apenas un centímetro del estante y tiene 10 cm de base y el espesor y el peso de un diccionario Collins de tamaño medio, y he concluido que es imposible que lo hiciera por si solo, de hecho, ni tirando de él lo consigo con facilidad. Hay expertos que sostienen teorías sobre las alucinaciones de pena. Yo, como siempre, no descarto nada, pero la caída del diccionario de Diego fue un suceso real, físico y palpable, pues hubo que recogerlo del pupitre y retornarlo a su sitio. Sin lugar a dudas no fue fruto de una alucinación. A partir de aquí, todo es interpretable, y nosotros quisimos que fuera una señal, un guiño cómplice de Diego, nuestro ángel, para decirnos que se encontraba bien en algún otro lugar y alimentar así nuestra deshecha esperanza. ¿Qué daño puede hacer la ilusión?

Pero aún así, desde mi agnosticismo y perfil marcadamente racional, no he querido buscar fuera de mi corazón. Consciente de que ninguna de estas señales ha trascendido jamás del plano de la interpretación al de las certezas demostrables, mi instinto me ha pedido siempre cautela para no caer en las manos de videntes, médiums y embaucadores que no nos llevan más allá de la ansiedad, confusión, oscuridad, engaño, ruina y desaliento. Consecuente con ello, he preferido aguardar paciente a que estas sutiles señales aparezcan por si solas y atesorarlas para combatir los días negros de la desesperación.

Es por ello que no me cuesta nada creer e ilusionarme cuando un lector escribe:

EL HOMBRE QUE NOS HABLA

No creo que aquello ocurriera para que se escribiera un libro. Simplemente sucedió, y le sucedió a una familia que hizo posible que al final se pudiera sacar algo positivo.

Cuando, desafortunadamente, otros vuelvan a pasar por parecida situación, alguien, afortunadamente, podrá recomendarles la lectura de 'La mujer que me escucha'.Y entonces, Diego, donde quiera que se encuentre, se acercará al recién llegado, le dará un codazo y le dirá: - ¿Sabes quién escribió ese libro que tu familia está devorando? - No, pero debe ser guay, les está ayudando mazo. Y entonces, la cara de Diego se iluminará de orgullo al decir: “Pues fue mi padre”. Manuel Cosmen

martes, 31 de mayo de 2011

COMPARTIR LO QUE SNTIMOS NOS VA BIEN

Estos días he estado leyendo un libro precioso “Una cadira buida”, de Emi Armengol, una madre a la que se le murió su hijo menor de accidente, hace unos años. Está escrito y publicado por Pagès editores en catalán. Lo recomiendo, transmite un amor y una fuerza serena que llega al alma. Las palabras de Emi, sus sentimientos, resuenan en mi corazón y me acompañan. No nos conocemos y, sin embargo, me siento unida a ella como me ocurre con otros padres que han aparecido en mi vida desde que murió Ignasi. Es gratificante comprobar lo bien que sienta compartir conocimiento y emociones. La escritura es una forma eficaz de hacerlo, pero no la única. Hay muchas maneras de comunicar lo que sentimos, de ofrecer a los demás la experiencia de lo vivido. Incluso, a veces, la sola presencia de determinadas personas, aunque estén calladas, es un bálsamo para los que la rodean. Suele ser gente de mirada luminosa y cálida, quizá porque sus ojos conocen la oscuridad.

miércoles, 25 de mayo de 2011

EL AMOR LO PUEDE TODO


El 8 de junio nació mi hijo Ignasi, ahora cumpliría 28 años. Se fue a los 15. Murió de accidente y, desde el mismo instante de su partida, nuestra vida dio un vuelco. Los tres primeros meses me sentí vacía, hueca por dentro, una sensación que nunca había experimentado antes, dificilísima de explicar. Me sentía desgarrada, como si me hubiesen arrancado la vida. Ese vacío iba unido a un dolor profundo que fue cogiendo fuerza y nubló mi conciencia durante al menos dos años; yo no era yo, nada era lo de antes, me parecía estar en otra galaxia, en un planeta lejano, peligroso y desconocido. Sin embargo, durante este tiempo, de vez en cuando, la niebla daba paso a destellos de amor en estado puro, también desconocidos para mí hasta entonces. Es cierto que yo los buscaba como agua en un desierto, pero también es cierto que eran reales porque llenaban mi corazón de una alegría serena. No me refiero a nada místico o extraordinario, no, al contrario, los solían provocar pequeños hechos de la vida cotidiana en los que antes no reparaba; la calidez de unas palabras cariñosas, la sonrisa de un niño que me cruzaba por la calle, el agua del mar, al encontrarme, al girar una esquina, un rayo de luz que iluminaba un balcón con geranios… Y, sobre todo, al descubrir que el amor que me unía a Ignasi continuaba. A medida que esta certeza ha ido inundando mi alma el dolor ha ido disminuyendo hasta quedar en nada. No puedo verlo pero puedo seguir queriéndole y percibo con intensidad su cariño. Con esto, ahora, después de muchos años de vaivenes, me basta. Ignasi está en mí y su amor me acompaña. Es algo parecido a cuando estaba embarazada. Hace 28 años que vivo con el amor que siento por mi hijo. Ese sentimiento es tan fuerte que ha ido más allá de lo que llamamos muerte. Eso para mí ha sido una revelación extraordinaria, no un acto de fe, una verdadera constatación. Ahora sé que el amor lo puede todo y, sí, tengo días de nostalgia y otros me peleo con la vida y conmigo misma y a menudo me contradigo, pero sé, a ciencia cierta, que el amor lo puede todo. También sé que el amor del que hablo nace de dentro y sintoniza con el amor de fuera. Ese amor que está en todas partes y la mayoría de las veces no vemos. En los momentos malos es preciso parar, sincerarnos y buscar en silencio qué nos impide amar y, aunque cueste creer, no es la muerte de nuestros hijos, no. Son otras cosas, cada cual las suyas. Son esos miedos íntimos los que nos impiden amar.

sábado, 7 de mayo de 2011

CÓMO ENCARAR EL DUELO

Hace unos días leí en una entrevista, que la periodista Cristina Jolonch realizó al psiquiatra Rojas Marcos, la siguiente frase: NO SE APRENDE DEL SUFRIMIENTO, SINO DE LA LUCHA POR SUPERARLO. Me llegó al alma porque a mi me parece que resume la forma sanadora de encarar el duelo.

El sufrimiento por la muerte de un hijo es inevitable, duele mucho la pérdida de un ser al que le hemos dado la vida y adoramos. Es más fácil morir que aceptar seguir viviendo después de un golpe así. Es cierto, pero si decidimos luchar, las posibilidades de aprendizaje, de aumentar nuestra fortaleza interior son enormes.

A los padres que se nos ha muerto un hijo la vida nos pone en una situación límite: o luchamos contra viento y marea o nos hundimos. No hay más. Si decidimos no tirar la toalla, naufragamos durante mucho tiempo pero, entre medio, vamos creando recursos que no solo nos permiten salir a flote, también nos serán útiles para afrontar nuevas tempestades. Nuestro esfuerzo ilumina a nuestros hijos vivos y muertos y, por qué no decirlo, a toda la humanidad. Porque todo ser humano que supera una prueba personal enorme, sea la que sea, abre un camino de esperanza para los demás.

En cambio, si no luchamos, el riesgo de dar vueltas alrededor del dolor sin avanzar un paso es grande y, con el tiempo, el desgaste va a ser tan extraordinario, la debilidad emocional tan grande, que cualquier revés, por pequeño que sea, probablemente se convierta en una montaña insuperable que, inevitablemente, nos remita a la angustia y desespero del inicio. ¿Pero contra qué o quién hay qué luchar? A mi entender la del duelo es una batalla que nos enfrenta a nosotros mismos y esa es la más difícil de las batallas. Si nos empeñamos en dirigir la rabia contra alguien o contra la vida misma estamos errando el tiro. Nosotros, como seres humanos, solo tenemos la libertad de transformarnos a nosotros mismos. Las circunstancias son las que son, pero todos tenemos la capacidad de inventar infinitas maneras de encararlas. Esa creatividad es un don que, incluso, ha permitido a algunos salir con vida de un campo de concentración.

Para mi la travesía del duelo consiste en soltar miedos y adquirir confianza. Morir vamos a morir todos, la diferencia, lo que da sentido a la vida, está en morir con el corazón desolado y seco o repleto de gratitud y amor.