domingo, 12 de junio de 2011

PARA NATI

Pedro Alcala en su blog, La mujer que me escucha, ha escrito una reflexión relacionada con la pregunta que Nati, la madre de Carlos, dejó aquí hace unos días en el post "El amor lo puede todo". La pregunta hace referencia a si es posible que nuestros hijos nos vean. La respuesta de Pedro la transcribo aquí y os invito a visitar su blog:

Pérdida, ausencia, se fue, nos dejó, nos lo quitaron...eufemismos de una realidad dura y seca; difícil de aceptar, de afrontar sin edulcorar: la muerte.

Hablo de mí y de los míos. Antes de la muerte de Diego, vivíamos de espaldas a la más implacable de las realidades: que nuestra vida puede cambiar de forma irreversible en unas décimas de segundo y perder lo que más amamos. No estábamos preparados para ello. A veces pienso que ha sido debido a la falta de una creencia religiosa sólida, en la que encontrar respuestas y en la que refugiarnos, por lo que nos ha resultado tan duro este trance. Y no quiero decir con ello que para quienes profesen alguna fe el transito por el dolor sea más llevadero, no lo creo en absoluto, pienso que perder a quienes amamos es desolador en cualquier circunstancia. Pero, en mi caso, precisamente no haber podido contar con ese inapreciable asidero, es la razón que me hace valorarlo tanto; lo considero un hermoso tesoro para quienes lo tengan. ¡Lo he echado tanto a faltar en tantos momentos! Por ello busqué y exploré en mi interior con todos los recursos espirituales de que disponía, pero no lo encontré.

Y hoy me alegro de que así fuera: de haber avanzado de este modo, a secas, sin más sostén que el amor a los míos y a la vida, a la fuerza de la determinación que me da el compromiso inicial con mi Diego ausente. Hoy tengo el pálpito de que también se puede superar la muerte de un hijo sin más fe que en tu derecho a reconstruirte y vivir.

Desde esta base, en apariencia árida y desoladora; "desangelada" y sin esperanza, he partido para reconfigurar mi nueva normalidad. Y puedo afirmar que no tengo ninguna sensación de abandono. Diego me acompaña. Me intuyo en el buen camino para conseguirlo: aceptar y afrontar el dolor.

Y no me siento abandonado porque mentiría si afirmo que mi proceso ha evolucionado por completo de este modo; que he trabajado mi duelo desde la más absoluta desesperanza respecto al destino de Diego tras su muerte. Es cierto y me ratifico en mi falta de creencias convencionales. De que ha predominado mi perfil más racional sobre cualquier otro durante gran parte de mi proceso de duelo. Pero aún así, al igual que tantos dolientes con los que he tenido la oportunidad de intercambiar experiencias en persona, yo también he vivido algún que otro hecho sorprendente que ha mantenido viva la esperanza en mi corazón; la esperanza de que Diego se encuentra bien y en un lugar mejor. Hechos tangibles, irrefutables, físicos, sujetos por supuesto a interpretación, pero inexplicables mediante la razón. Sucesos que ponen más en duda el arbitrio del azar, por improbables, que la audaz creencia en un más allá. Episodios a los que dediqué un capítulo, Las señales, en La mujer que me escucha. Hace unos días, en el blog de Mercè Castro, Cómo afrontar la muerte de un hijo, Nati, una lectora, valiente, lanzaba nuestra gran pregunta al mundo: (…) “Mi gran pregunta es: ¿Tú, Carlos, me puedes ver? Todo en mí ronda sobre esta pregunta, y en qué puedo hacer yo para hallar la respuesta. Me gustaría que alguien me contara si ha tenido algún encuentro con un ser querido fallecido”. De esto hace ya dos semanas y nadie le hemos dado una sola respuesta. Yo quise y no supe, ni sé qué decir. Y es que creo que la única respuesta válida es propia y personal, que nace, si es que así se desea, de nuestro interior. De poco sirve lo que otros nos cuenten.

No obstante, por si a alguién le sirviera, os cuento (aunque de esto no se habla) uno de los sucesos que sustentan mi esperanza.

Mi relación con Diego y el estudio del idioma inglés era estrecha y muy especial. Pasé en poco tiempo de ayudarle en sus estudios a que él fuera, a sus diez años, quién me tomara la lección y corrigiera. El mismo día de la muerte de Diego, al regresar desolado del hospital, entré en su habitación y me planté en el centro aturdido y absorto mientras la recorría con la mirada, sin tocar nada. Era un acto íntimo, por ello me salí al entrar Teresa. Oí un golpe seco y, al rato, salió Teresa y me contó conmocionada que el diccionario de inglés se había caído solo de la estantería, sin que ella lo hubiera tocado. He estudiado después innumerables veces la posibilidad de vuelco de aquel diccionario que sobresalía apenas un centímetro del estante y tiene 10 cm de base y el espesor y el peso de un diccionario Collins de tamaño medio, y he concluido que es imposible que lo hiciera por si solo, de hecho, ni tirando de él lo consigo con facilidad. Hay expertos que sostienen teorías sobre las alucinaciones de pena. Yo, como siempre, no descarto nada, pero la caída del diccionario de Diego fue un suceso real, físico y palpable, pues hubo que recogerlo del pupitre y retornarlo a su sitio. Sin lugar a dudas no fue fruto de una alucinación. A partir de aquí, todo es interpretable, y nosotros quisimos que fuera una señal, un guiño cómplice de Diego, nuestro ángel, para decirnos que se encontraba bien en algún otro lugar y alimentar así nuestra deshecha esperanza. ¿Qué daño puede hacer la ilusión?

Pero aún así, desde mi agnosticismo y perfil marcadamente racional, no he querido buscar fuera de mi corazón. Consciente de que ninguna de estas señales ha trascendido jamás del plano de la interpretación al de las certezas demostrables, mi instinto me ha pedido siempre cautela para no caer en las manos de videntes, médiums y embaucadores que no nos llevan más allá de la ansiedad, confusión, oscuridad, engaño, ruina y desaliento. Consecuente con ello, he preferido aguardar paciente a que estas sutiles señales aparezcan por si solas y atesorarlas para combatir los días negros de la desesperación.

Es por ello que no me cuesta nada creer e ilusionarme cuando un lector escribe:

EL HOMBRE QUE NOS HABLA

No creo que aquello ocurriera para que se escribiera un libro. Simplemente sucedió, y le sucedió a una familia que hizo posible que al final se pudiera sacar algo positivo.

Cuando, desafortunadamente, otros vuelvan a pasar por parecida situación, alguien, afortunadamente, podrá recomendarles la lectura de 'La mujer que me escucha'.Y entonces, Diego, donde quiera que se encuentre, se acercará al recién llegado, le dará un codazo y le dirá: - ¿Sabes quién escribió ese libro que tu familia está devorando? - No, pero debe ser guay, les está ayudando mazo. Y entonces, la cara de Diego se iluminará de orgullo al decir: “Pues fue mi padre”. Manuel Cosmen

martes, 31 de mayo de 2011

COMPARTIR LO QUE SNTIMOS NOS VA BIEN

Estos días he estado leyendo un libro precioso “Una cadira buida”, de Emi Armengol, una madre a la que se le murió su hijo menor de accidente, hace unos años. Está escrito y publicado por Pagès editores en catalán. Lo recomiendo, transmite un amor y una fuerza serena que llega al alma. Las palabras de Emi, sus sentimientos, resuenan en mi corazón y me acompañan. No nos conocemos y, sin embargo, me siento unida a ella como me ocurre con otros padres que han aparecido en mi vida desde que murió Ignasi. Es gratificante comprobar lo bien que sienta compartir conocimiento y emociones. La escritura es una forma eficaz de hacerlo, pero no la única. Hay muchas maneras de comunicar lo que sentimos, de ofrecer a los demás la experiencia de lo vivido. Incluso, a veces, la sola presencia de determinadas personas, aunque estén calladas, es un bálsamo para los que la rodean. Suele ser gente de mirada luminosa y cálida, quizá porque sus ojos conocen la oscuridad.

miércoles, 25 de mayo de 2011

EL AMOR LO PUEDE TODO


El 8 de junio nació mi hijo Ignasi, ahora cumpliría 28 años. Se fue a los 15. Murió de accidente y, desde el mismo instante de su partida, nuestra vida dio un vuelco. Los tres primeros meses me sentí vacía, hueca por dentro, una sensación que nunca había experimentado antes, dificilísima de explicar. Me sentía desgarrada, como si me hubiesen arrancado la vida. Ese vacío iba unido a un dolor profundo que fue cogiendo fuerza y nubló mi conciencia durante al menos dos años; yo no era yo, nada era lo de antes, me parecía estar en otra galaxia, en un planeta lejano, peligroso y desconocido. Sin embargo, durante este tiempo, de vez en cuando, la niebla daba paso a destellos de amor en estado puro, también desconocidos para mí hasta entonces. Es cierto que yo los buscaba como agua en un desierto, pero también es cierto que eran reales porque llenaban mi corazón de una alegría serena. No me refiero a nada místico o extraordinario, no, al contrario, los solían provocar pequeños hechos de la vida cotidiana en los que antes no reparaba; la calidez de unas palabras cariñosas, la sonrisa de un niño que me cruzaba por la calle, el agua del mar, al encontrarme, al girar una esquina, un rayo de luz que iluminaba un balcón con geranios… Y, sobre todo, al descubrir que el amor que me unía a Ignasi continuaba. A medida que esta certeza ha ido inundando mi alma el dolor ha ido disminuyendo hasta quedar en nada. No puedo verlo pero puedo seguir queriéndole y percibo con intensidad su cariño. Con esto, ahora, después de muchos años de vaivenes, me basta. Ignasi está en mí y su amor me acompaña. Es algo parecido a cuando estaba embarazada. Hace 28 años que vivo con el amor que siento por mi hijo. Ese sentimiento es tan fuerte que ha ido más allá de lo que llamamos muerte. Eso para mí ha sido una revelación extraordinaria, no un acto de fe, una verdadera constatación. Ahora sé que el amor lo puede todo y, sí, tengo días de nostalgia y otros me peleo con la vida y conmigo misma y a menudo me contradigo, pero sé, a ciencia cierta, que el amor lo puede todo. También sé que el amor del que hablo nace de dentro y sintoniza con el amor de fuera. Ese amor que está en todas partes y la mayoría de las veces no vemos. En los momentos malos es preciso parar, sincerarnos y buscar en silencio qué nos impide amar y, aunque cueste creer, no es la muerte de nuestros hijos, no. Son otras cosas, cada cual las suyas. Son esos miedos íntimos los que nos impiden amar.

sábado, 7 de mayo de 2011

CÓMO ENCARAR EL DUELO

Hace unos días leí en una entrevista, que la periodista Cristina Jolonch realizó al psiquiatra Rojas Marcos, la siguiente frase: NO SE APRENDE DEL SUFRIMIENTO, SINO DE LA LUCHA POR SUPERARLO. Me llegó al alma porque a mi me parece que resume la forma sanadora de encarar el duelo.

El sufrimiento por la muerte de un hijo es inevitable, duele mucho la pérdida de un ser al que le hemos dado la vida y adoramos. Es más fácil morir que aceptar seguir viviendo después de un golpe así. Es cierto, pero si decidimos luchar, las posibilidades de aprendizaje, de aumentar nuestra fortaleza interior son enormes.

A los padres que se nos ha muerto un hijo la vida nos pone en una situación límite: o luchamos contra viento y marea o nos hundimos. No hay más. Si decidimos no tirar la toalla, naufragamos durante mucho tiempo pero, entre medio, vamos creando recursos que no solo nos permiten salir a flote, también nos serán útiles para afrontar nuevas tempestades. Nuestro esfuerzo ilumina a nuestros hijos vivos y muertos y, por qué no decirlo, a toda la humanidad. Porque todo ser humano que supera una prueba personal enorme, sea la que sea, abre un camino de esperanza para los demás.

En cambio, si no luchamos, el riesgo de dar vueltas alrededor del dolor sin avanzar un paso es grande y, con el tiempo, el desgaste va a ser tan extraordinario, la debilidad emocional tan grande, que cualquier revés, por pequeño que sea, probablemente se convierta en una montaña insuperable que, inevitablemente, nos remita a la angustia y desespero del inicio. ¿Pero contra qué o quién hay qué luchar? A mi entender la del duelo es una batalla que nos enfrenta a nosotros mismos y esa es la más difícil de las batallas. Si nos empeñamos en dirigir la rabia contra alguien o contra la vida misma estamos errando el tiro. Nosotros, como seres humanos, solo tenemos la libertad de transformarnos a nosotros mismos. Las circunstancias son las que son, pero todos tenemos la capacidad de inventar infinitas maneras de encararlas. Esa creatividad es un don que, incluso, ha permitido a algunos salir con vida de un campo de concentración.

Para mi la travesía del duelo consiste en soltar miedos y adquirir confianza. Morir vamos a morir todos, la diferencia, lo que da sentido a la vida, está en morir con el corazón desolado y seco o repleto de gratitud y amor.

domingo, 1 de mayo de 2011

ACEPTAR A NUESTRA MADRE ES EL PRIMER PASO PARA ACEPTAR LA VIDA

Si para construir un edificio sólido son necesarios unos buenos cimientos, para crear una vida amorosa es necesario aceptarnos a nosotros mismos y a la propia vida tal como es. Y eso se convierte en una misión imposible si uno no ha hecho antes las paces con su propia madre. Cada madre hace con sus hijos lo que mejor sabe, aunque a muchos les hubiese gustado que su madre fuese distinta. Todos llevamos dentro una madre idealizada que a menudo no coincide con nuestra madre real. Es cierto, pero también es cierto que para nuestro crecimiento, para conseguir trascender nuestros límites, la nuestra es, sin duda, la madre mejor. Dicen los maestros que antes de nacer elegimos a los padres más adecuados para nuestra evolución en la Tierra. Si mi madre no hubiese sido una madre protectora en exceso, yo no me hubiese dado cuenta de la falta que le hacía a mi alma aprender a dejar que mis hijos y las personas que quiero sigan su destino. Si mi madre no hubiese sido una persona sufridora, como lo fue también mi abuela, yo no hubiese sido capaz de trascender ni un milímetro el dolor que a veces produce la vida. Ella era como era para que yo pudiese ser un poco mejor, por eso siento hacia mi madre una gratitud inmensa. Ella hizo de espejo de mis propios miedos y debilidades para que yo tomara conciencia de ellos. No solo me ha dado la vida­, también me ha mostrado el camino, un acto de amor incondicional inmenso. La adoro porque ha sido mi mejor maestra y lo sigue siendo ahora que está muerta.

Aceptando a mi madre he podido empezar a aceptarme a mi misma. Me es más fácil respetarme si la respeto a ella. Cada uno es como es y ninguna vida carece de sentido, al contrario, cada padre o madre, aunque a veces nos cueste verlo, pone los cimientos necesarios para que nosotros vayamos creando nuestra vida. Depende de cada uno construir una casa acogedora o no con lo que le han dado. Los padres, como en las carreras de relevos, nos dan el testigo que más tarde nosotros pasaremos a nuestros hijos, a la humanidad, pero a la meta tenemos que llegar solos.

Aceptando la vida, entregándonos como los caballos a la carrera, trascendemos el duelo. Nadie muere antes o después de haber llegado a su meta. Hay carreras cortas, muy intensas, otras largas, de fondo, pero todas encierran alguna lección para el propio jinete. Una lección de la que podemos aprender todos.

domingo, 24 de abril de 2011

MI RELACIÓN CON DIOS

No sé si es porque es Semana Santa pero hoy, al levantarme, he sentido el impulso de releer el libro de Deepak Chopra “Conocer a Dios”. Recuerdo que lo compré hace años en una librería de viejo, de las que venden ejemplares de segunda mano. Fue uno de esos libros que llegó a mí en el momento oportuno.

Con Dios he mantenido desde pequeña una relación apasionada. Me he sentido cerca o lejos de él, pero nunca indiferente. Cuando murió Ignasi, como muchas de las madres que me escriben, buena parte de mi rabia la lancé contra Dios ¿pero qué significaba para mí él entonces? ¿Por qué lo acusaba, qué espera de él? Supongo que veía a Dios como alguien que podía protegerme, alguien que cuidaba a los buenos y, de alguna manera, debía castigar a los malos… La sinrazón aparente de la muerte de mi hijo, la necesidad de trascender el dolor desgarrado me condujo por un camino espiritual nuevo.

En la infancia veía a Dios como un amuleto; “cuatro esquinitas tiene mi cama, cuatro angelitos que me la guardan”, recitaba de niña para ahuyentar el miedo que me acechaba de noche. De adolescente aquel Dios no me sirvió. Entonces para mí Dios era sinónimo de religión y yo pretendía alejarme de cualquier tipo de poder, de imposición, de normas que encasillaran mis ansias de experimentar en libertad.

No sabía que Dios iba unido al despertar de mi conciencia, a mi forma de ver y entender el mundo. Dios está hecho a la medida de cada uno. Ahora para mi Dios es amor, cuando siento amor estoy con Dios o, por lo menos, la energía que conforma mi ser vibra más cerca de él. Yo entiendo poco o nada de física cuántica pero intuyo que nosotros creamos nuestra propia realidad, que Dios no tiene que salvarnos de nada, que somos nosotros al juzgar lo que está bien o mal los que nos apartamos de la luz. La luz y la oscuridad son las dos caras de una misma moneda y cada uno tiene el poder de transformar lo aparentemente malo en bueno.

lunes, 4 de abril de 2011

LOS BIORRITMOS DEL DUELO

Cierro los ojos y me voy a mi primer año de duelo. Ignasi murió de accidente, fue un shock tremendo, seco, que me dejó sumida en las tinieblas sujetada por esporádicos destellos de luz. De los sentimientos y emociones de aquellos tiempos hablo en “Volver a Vivir”, el diario que escribí durante el primer año de duelo. Los siguientes fueron parecidos al primero. Pasaba unos días bien, pero de repente porque llegaba otra primavera, otra navidad o porque la nostalgia, simplemente, se me hacía insoportable volvía a la desesperación, no se si bajaba más, pero mis fuerzas parecían agotarse porque los años de dolor desgastan y renombrar la vida conlleva un esfuerzo que me dejaba exhausta. El tiempo, por sí solo no arregla nada. Fue durante el segundo año que tuve que encararme con la rabia que me había producido la muerte de mi hijo. Durante el primer año estuvo disfrazada de tristeza. Fue un médico el que me dijo que la rabia me estaba envenenando, yo ni siquiera sabía que su fuerza me estaba matando. Como en los cuentos, atravesaba un bosque encantado y no sabía diferenciar a un dragón de otro de tantos que me asustaban. El dragón de la rabia por la muerte de un hijo es grande. Hablando poco se avanza. A mi me parece que es necesario un trabajo emocional y físico con un terapeuta especializado para liberarla. La tristeza va desapareciendo cuando soltamos la rabia. ¿Cuánto dura el duelo? Creo que no es posible contar por meses o por años. Lo que cuenta es mirar en nuestro interior y, como las capas de una cebolla, ir ahondando a través del dolor hacia el corazón de nuestra esencia. Nuestra alma, pase lo que pase, siempre está intacta y dispuesta a regalarnos serenidad y alegría. Por el camino encontraremos mil y una heridas, que hay que ir curando. El proceso sanador va unido a la confianza, en nosotros mismos y en el amor que hace posible la vida. La confianza va unida a la entrega. Si no soltamos, si nos aferramos al control, al pasado, a la culpa, si creemos que es demasiado tarde para cambiar, que no merece la pena… nos alejamos de nuestra esencia, de la luz, del amor puro, de Dios. Sin dar un sentido a nuestra existencia el bosque encantado se convierte en un laberinto imposible. A mi me va bien pensar que cada cosa que me sucede encierra un tesoro. A veces me lleva tiempo descubrir el lado bueno, pero sé, por experiencia, que lo tiene. Sé que tengo que tener paciencia para transformar dentro de mi lo que me impide encontrarlo. Lo demás es como es, pero yo puedo ir cambiando.